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--- Semana Santa Viveiro ---

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Pregón 1994 Imprimir E-mail

  
Rasgos de la desaparecida Iglesia de Santiago que en parte pasaron a la que ha sido de los franciscanos  
  
Modesto Pérez Rodríguez  
I.-  CAPILLAS, CAPELLANÍAS, ERMITAS

La parquedad que contienen los pocos escritos que hoy sconservan en torno a la ex iglesia parroquial del Señor Santiago, que radicaba en la Plaza Mayor de Viveiro, obliga a acudir a una serie de documentos que, sólo de rebote, aportan datos que permiten conocer, aunque muy somera­mente, ciertos aspectos de aquélla, cuya construcción parece que se remonta al siglo XII. En 1.334 ya hubo quejas en el obispado contra el cura de esta iglesia, que le quitaba "sus privilegios y libertades en la jurisdic­ción", al Padre guardián de los frailes de ASIS.

Ciñéndonos al tema a desenvolver, todo induce a asegurar que, en el extinguido templo viveirés, se desarrolló una pujante actividad religiosa. Al menos y a la par con el de Santa María, allí se ganaban, en palabras del profesor García Oro, indulgen­cias plenarías en las fiestas de Todos los Santos y de la Asunción de Nuestra Señora.


Tal iglesia gozaba, a lo largo y ancho del Concejo, con gran cantidad de bienes raices que, de forma plena o semi plena, estaban adscritos a la celebración de misas en uno de sus altares (u hornacinas, camerinos, posibles criptas... con que contase), a cargo de eclesiásticos que, en última instancia, adquirían como estipendio las ganancias que producían esas cosas terrenas. Así hemos hallado varias modalidades patrimo­niales con el destino espiritual antedicho, pese a que, con rotunda equivocación, en un principio, se les denominó "capillas" y no capellanías.
   

Desde luego, los caudales que los devotos inmolaban a Dios, a La Virgen, a los Apóstoles, etc., y que motivaban los consi­guientes oficios divinos en el seno de la nombrada iglesia, lejos de presentar el menor parecido con un pequeño edificio sacro unido generalmente a otro principal (son las capillas actuales), respondían a una escueta figura económica, con perspectivas sobrenaturales, que, a partir de 1.700, se les identifica con el nombre de capellanías. O sea, la evolución de la correspondiente nomenclatura, apartó el capítulo, atinente a ingresos de dinero provenientes de fincas u objetos similares y dirigidos a lo celestial -capellanía- de la idea arquitectónica alusiva a recinto accesorio -capilla- adosado a uno grande.

Es factible deducir que, el refrido culto, sufragado a base de heterogéneas aporta­ciones permanentes realizadas por Ips fieles, ha tenido vigor, en el templo que nos ocupa, con notable anterioridad al año 1600. Al efecto, hay sólidos indicios, que derivan de textos obispales, y claras menciones que se ojean en los protocolos de la notaría viveiresa; el escribano Miguel Galo da cuenta de que, en 1598, ejercía allí de capellán Pedro Fernández de Gayoso. No obstante, es en el siglo XVII cuando se encuentra la primera e indudable noticia global de los oficios divinos que afluían al Señor Santiago en razón a fundaciones pia­dosas (a las mal llamadas "capillas", pues eran capellanías).
Y la causa se comprende con facilidad. Como previamente al indicado siglo XVII no se practicaron, de forma completa y oficial, visitas pastorales y menos se estampó el pan> resultado de las mismas, deviene necesario esperar al pontificado de don Alonso Mesia de Tobar.

Este Mitrado, a mayores de acreditar su amor a la Diócesis regalando una reliquia de San Rosendo y construyendo un altar para colocarla, decidió en 1.613 recorrer su jurisdicción, de proa a popa, venciendo las mil y una dificultades que, por la orografía, entonces se le ofrecían. A él, por tanto, le debemos la confección del üstín inicial que, con sistematización, detalla los diferentes ingresos, de naturaleza crematística, que valían de elemento motriz para múltiples funciones religiosas que se llevaban a cabo al abrigo de las paredes de la parroquial de Santiago.

Aún cuando procede reconocer que el vocablo que don Alonso empleó al propó­sito —capilla—, adolece, según esbocé, de exactitud, en aras a que lo más entendible hubiera sido hablar de capellanías, tampoco cabe negarle que, en cambio, usó el térmi­no justo para pormenorizar los santuarios que yacen afincados en zonas descampadas con relación a nuestro casco urbano y que, por consiguiente, fueron levantados con autonomía de fabricación; de ahí que al abordar los ubicados en el monte de San Roque o en Fontecova, utilice la palabra ermita.

Mesia de Tobar, amén de legarnos una minuciosa relación de las ermitas e iglesias que tenía diseminadas bajo su Báculo, matizó -es lo que aquí importa- las dispares ayudas, que encaminadas a conmemorar algún pasaje del Cristianismo, a glorificar a sus Mártires o propulsores, o a honrar a las almas que gozaban de la Bienaventuranza Eterna, favorecían a la iglesia que derriba­ron nuestros ascendientes -capellanías-Al caso, en su mencionada Visita Pastoral de 1.613 (la iglesia ya habría sufrido un voraz incendio en 1.542) cita con lenguaje inapropiado un total de cuatro "capillas", apareciendo creíble que en ese momento hubieran fenecido un grupo de ellas que habían regido en etapas más antiguas. Insisto, que, en ¡a realidad, las "capillas" en­trañaban sin embargo entidades calificables de fundaciones pías (capellanías), que nada tenían en común con cualquier recinto que sirva de estancia a una o a varias imágenes deístas o análogas. Pero la peculiaridad que denotan dos de aquellas "capillas" (o lotes de cosas) anima a que se les reserve el puesto tercero y el cuarto. Veremos.

II.- Concreción

La parroquial dei Señor Santiago tenia una "capilla", o conjunto de inmuebles, en honor a la Transfiguración, regentándola el clérigo Juan de Vivero, no siendo colativa y si de patronato lego que desempeñaba Juan García de Castrillón y Navia, vecino de la villa.

A tal "capilla" -capellanía- le pertenecía el lugar de la Encrucelada de Suevos, con sus casas y sus bravios y sus mansos y lo más que obra anejo y también un carnero por San Juan. Más seis hanegas de fuero sobre un lugar de Gondar. Más diez jornales de viñas en Faferreiros y junto al molino del Licenciado Rodríguez (cinco y cinco); más nueve reales de fuero sobre las casas en que vive Palmaz en dicha feligresía; más una plaza de una casa vieja pegada a la dicha Iglesia. Más un cáliz de plata dorado en partes con las armas de los Seijas.

Igualmente la repetida parroquial conta­ba con la "capilla" de Juan de 5olín. Regen­taba esa capellanía el cura de la propia iglesia, bachiller Ramos, no siendo de patronato colativo sino nominativa de los curas de tal templo.

La subsistencia le dimanaba de dos jorna­les de viñas en Abadín. Otros dos jornales de viñas en el Balado, dos al Regó dos Magares, un terreno en la Barre ira, en Alta-mira y en la Junqueira; y otro junto a la casa de Domingo Dolga. Un souto en Chamorro y una huerta en el Balado.

La descripción de las "capillas" -capella­nías- que faltan por traer, abarca el punto donde tenían sus advocaciones.

Empezaremos por la "capilla" de Juan de Ben.

Estaba situada en el altar mayor de la iglesia, regentándola el presbítero de Santa María de Galdo, Pedro Rodríguez de Cordido, siendo nominativa y por ende de nombramiento del cura de la iglesia -de ia del Señor Santiago-,

 

Esta "capilla" -capellanía- disponía de un lugar en Vieíro aforado a Pedro Peí, quien pagaba dos hanegas de trigo, dos carros de leña y un cabrito. Más tiene en la feligresía de San Pedro (en Lamaceda y en Trigas) un total de siete jornales de viñas. Otro jornal de viñas en Landrove. Más diez jornales de viñas en la villa, sumando los de la Fuente del Cadafalso a los de Balado (con un trozo de vago). Más dos barriles de vino de renta en cada año, sobre el lugar que llevan en Landrove los herederos de Simeón de Cora.

La "capilla" que reseñaremos con el número cuatro es la de Santiago de Piago (recalco, capellanía).

Permanecía la imagen del Apóstol (le era titular) en el Altar Mayor, quizás a conse­cuencia de que la reiterada iglesia, que la albergaba, había sido consagrada al Hijo del Trueno.

En la fecha en que nos movemos era beneficiario de las vides y de las siembras a exponer, el subdiácono Pedro López Sama-níego. Y vale destacar que, López Samanie-go, no recibía netamente los productos de la "capilla", dado que, al carecer de la cuali­dad de presbítero, era su obligación buscar un cura que dijese una misa mensual, mientras que, en las demás coyunturas que hemos  colacionado,   el   capellán  y el oficiante, recaían en un único hombre.

 

 

La mentada "capilla" (capellanía), a dife­rencia de las tres restantes, había pasado a ser colativa en 1613, lo que implicaba que el Obispo o un delegado suyo —en la inmensa mayoría de las veces el mismo cura de la parroquia— era quien la conferia, ya fuese en pro de una determinada familia o, por el contrario, en redundamiento de personas que eran agraciadas prescindiendo de vínculos de sangre. En ambos supuestos, los bienes quedaban espiritualizados, de suerte que se convertían en aptos para otorgar a los sacerdotes o a los varones que se orde­nasen a título de la misma, conllevando la probalidad de que, en tiempos pasados, algún laico fuese ordenado ¡n sacris apo­yándose en la fundación pía que estamos analizando, puesto que "se han hecho ya dos títulos y colaciones de ella".

La "capilla" -capellanía- se nutria de seis jornales de viñas en donde dicen Piago, acoroadas sobre sí; de un terreno inmediato que llevará un celemín de pan de sembra­dura; y de otro terreno donde dicen Berreí-ros en Vieiro, que contendrá un ferrado de pan de sembradura.

Si recogemos la tradición que, en de­rredor de tan diminuta "capilla" -capella­nía- se lee en multitud de artículos y monografías, incluyendo los libros de Historia, no puede eludirse la memoria colectiva, abso­lutamente desprovista de documentación cabal que afirma que, en el paraje de Piago, margen derecha del río Landro al rebasar aguas abajo Porto Chao, existió una ermita. Teniendo en cuenta la lúgubre estampa humana que sirve de piedra matriz a la versión oral, habría que retrotraer tal habitáculo sagrado -ermita- al tiempo que entorna los finales del siglo XIV. En esencia, narra que la hija del viveirés, Alonso Pérez, hallándose en dicho santuario, vio, en medio de una horrible tempestad, un ca­dalso y la cabeza segada y sanguinolenta del Condestable de Castilla, Alvaro de Luna, instigador del asesinato de su nombrado padre y antiguo paisano nuestro. Y la muer­te del inocente y del culpable acaecieron a mediados del siglo XV.

 

 

La certeza del tiempo en que sucedieron sendos fallecimientos, arroja escollos en orden a !a existencia del templo.(¿Por el 1350?)

Hay que reconocer que, a la sazón, la supuesta ermita, con que elucubramos los viveireses, se hallaría enclavada dentro de los límites de la parroquia de Magazos, a saber, fuera  del perímetro de la del Señor Santiago. Sin desdeñarias  a opiniones que concuerdan en que aquella demarcación -la de Magazos- formó parte de la de Santa María, se impone recordar que, el Dr. Cal Pardo, cita un pre­cioso   instrumento   de 1124 que cataloga a Ma­gazos como circunscrip­ción religiosa indepen­diente, en donde, el ex­presado medievalista, no encontró ni un escrito que invocase, a modo siquiera de un humilde alpendre, a Santiago de Piago.

Y la ausencia del san­tuario -manantial de le­yendas- queda evidente en la relación del dicho Prela­do; Mesía de Tobar no titu­beó en censar ermitas en la comarca viveiresa, pero sin mencionar a la de Santiago de Piago.

No obstante, me place compar­tir el planteamiento de los estudio­sos que estiman que, al desaparecer los hipotéticos muros que se erguían en Piago, quedó a ras el suelo agrícola, con la rarísima peculiaridad de trasvasar sus rendimientos, consistentes en vides y pan, a una parroquia ajena, la de Santiago de Viveiro, que los absorbió en la capellaníja que bautizó, al futuro, con el nombre geográfico del terre­no en que fructificaban los sarmientos y el cereal.

Nadie acreditó, en contra del sentir popular, la imposibilidad de que en esa ribera fluvial hubiera habido una construc­ción sacra en el intervalo transcurrido entre la Baja Edad Media y el estreno de la Moderna, a cuya época se retrotrae proba­blemente la capellanía que, con la defec­tuosa denominación de "capilla", recoge don Alonso de Mesía, bajo el título de San­tiago de Piago.

 

 

III. Un Obispo posterior

 

Alonso Mesía de Tobar fue promovido a Astorga en 1616, habiéndole sucedido Monseñor Pedro Fernández de Zo­rrilla, quién, a pesar de haber per­manecido en la sede mindoniense por el corto espacio de un bie­nio, tuvo tiempo para presidir un sínodo y para acudir en inspección a los rincones y a ias villas dependientes de su dirección eclesial. Por eso, le resultó imprescindible desplazarse a Viveiro.

En la villa del Landro estuvo en octubre de 1617 en Visita Pastoral. Al propósito reiteró, con ligeras variantes, la exis­tencia de las "capillas" (grupos de parcelas y de réditos para cometidos religiosos), de la Transfi­guración, de Juan de Solín, de Juan de Ben y de Piago.

Fernández de Zorrilla, que pronto serja el Mitrado de Badajoz, bordeó la cuestión patrimonial que respaldaba a las "capillas" —capellanías-. Pero se adivina que no le agradó el estado de las mismas. Esto explica.

Y se ve que en la iglesia de Santiago proliferaban los cultos. Ahora aparecen dos nuevas "capillas" (cape­llanías), la del Cristo, tenien­do por capellán a Juan Pita y por fundador a Alonso Gil, con una carga de cien misas cada año (amén de la necesidad de hacer el retablo mandado con reiteración), y la de la Santísima Trini­dad, regentándola en concepto de cape­llán el cura de Burela, Pedro Marino, quien soportaba la obligación de celebrar veinticinco misas cada año.

 

Refiriéndose a las seis nombradas fun­daciones, ordenase a todos los capellanes que hagan con autoridad de Justicia apeo de la hacienda que tiene cada una, dentro de tres meses, pena de excomunión mayor y diez ducados, imponiéndole al cura que lo notifique y que, pasado el término, dé aviso de como se cumple.

Curiosamente la iglesia que englobaba en su seno a tantas capellanías, carecía por sí misma de ahorros.

Veinticuatro meses antes de la venida del Pastor Diocesano, nuestro consistorio, por acuerdo de 11 de abril de 1.615 envió a Mondoñedo al escribano Jacome Núñez, para negociar con el Cabildo, que era la ins­titución que paradógicamente se lucraba de las rentas de la parroquial del señor Santia­go, la reparación de tal templo debiendo significar el emisario "los daños que podrán resultar si se cayese de todo". Y para lograr éxito a la inminente tarea de reconstruir el edificio, en sesión de 16 de mayo se resolvió postular la protección de Su Majestad. No obstante esa gran depresión con otra ruda hecatombe en 1.628, que entorpe­cerían la vistosidad de las ceremonias des­plegadas a expensas de las capellanías, pronto fueron rebasados (como en el fuego de 1.542).

Por eso, el consistorio de 15 de marzo de 1.668 trató, de que al licenciado, don Anto­nio Montenegro, cura beneficiario de la iglesia del Señor Santiago, se le estaban debiendo doscientos reales que prestó al Ayuntamiento y a sus capitulares para las diligencias tramitadas, en el Real Consejo, a fin de obligar a un ex corregidor de la villa a que diese fianza de "estar a residencia".

 

 

IV.- Llega un Obispo gallego

 

Don Pedro Fernández de Zorrilla le si­guió un rosario de Prelados. Aunque varios de éstos se personaron en nuestra villa y suscribieron actas o pronunciaron manda­tos, fue menester (con leves excepciones) que el lugués, de San Martín de Folgoso, don Carlos Riomol y Quiroga, se cubriese con el solideo de San Gonzalo para ver re­flejada, transcurrido casi siglo y medio, la situación de régimen interno que, prove­niente de la adjudicación de bienes (cape­llanías), le afectaba a la parroquial de Santiago.

Su llustrísima, a escasos meses de su veni­da, 1754, a tierras del Masma, optó por re­correr la Diócesis. Lógicamente, no excluyó a Viveiro.

Riomol y Quiroga ya estaba impuesto en el vocabulario técnico que competía al tema. Con su ímpetu nos remozó el conoci­miento de las capellanías (desechó de cuajo la expresión "capilla"), cuyos frutos culmi­naban en una mayor cantidad de celebra­ciones eucarísticas en la parroquial de Santiago. Y la tarea le fue ímproba, cual lo acredita la circunstancia que, de la media docena de "capillas" que citó su predece­sor, Fernández de Zorrilla, únicamente quedaban tres. Por el contrario, predomi­naban las de cuño moderno y que ascen­dían a cinco. En total, ocho.

De las de viejo, Riomol y Quiroga, enu­mera la antiquísima capellanía de La Trans­figuración, proporcionándonos el dato de que yacía en el recinto o capilla de El Salva­dor, con cincuenta misas anuales, pero va­cante. Le sigue la capellanía del Cristo en un colateral de la iglesia, presentándose importantísima tal fundación, ya que, a dos misas semanales, se le adicionaban doce cantadas. Y persiste, pero con menos empa­que que estas dos, la capellanía de Piago; incrustada en el Altar Mayor, sólo tenía una misa mensual a cargo de su capellán, José Sanjurjo, cura de Barres en la provincia de Oviedo, a quién deberían agotar los respectivos viajes de ida y vuelta.


Quedan todavía por exhumar las cinco recientes capellanías que disfrutaba la iglesia de Santiago, a mediados del siglo XVIII.

De dos de estas últimas se desconoce su aposento. Me refiero a la capellanía de Nuestra Señora de las Ermitas, la que tenía por capellán a don Alonso Busto, cura de Villaosende. Cumple también yuxtaponer la capellanía de San Andrés, fundada por Andrés Méndez, Cura de Boimenta y de la que es patrono Don Nicolás de Luaces y Otón, vecino de Mondoñedo (no obstante, tal capellanía acaso nunca sobrepasó la línea de la pura teoría). Al lado de estas capellanías, figuraba el trío que para orar tenía un habitáculo se­guro dentro de la parroquial.

La capellanía de la Misericordia estaba alojada en la capilla de Once y la cuidaba en concepto de capellán el cura de Maa-ñon, Francisco Bouza. La capellanía de Nuestra Señora de Guadalupe radicaba en la capilla de México, siendo su capellán el presbítero Alonso Franco. Y la capellanía de Nuestra Señora de la Encarnación, residen­ciada en la capilla de la Epístola en el Altar Mayor, la regentaba Luís López, vecino de Lieiro.

Extraña que Quiroga Riomol, con su ganada experiencia en dignidades catedra­licias, no nos tansmitiese detalles suficientes de las ocho capellanías que él tuvo a su mano, en la parroquial que nos ocupa; es­pecialmente se le perciben omisiones en materia de propiedades, usufructos, arren­damientos rústicos, jornales...que les rever­tían desde fuera. (¿O serían los albores de la decadencia de las fundaciones pías?.Pero el extraordinario entramado de signo espiritual que, dentro y fuera, envol­vía a nuestra iglesia de Santiago, queda patente con la apostilla a leer. Juzgo de interés consignar (en suplemen­to a lo relatado), la ostensible presencia de dos ermitas viveiresas que se erguían en el territorio del repetido templo, aunque en­clavadas a cierta distancia del gran edificio de estilo de transición al ojival, en que se alojaba la iglesia de Santiago, de la cual, por hallarse aquéllas en suelo de su demar­cación, dependían canónicamente tales ermitas.

Estas eran, una, la del Hospital de la Villa, entonces construida en un aislado trozo de tierra confinante con el mar (próximo por el sur a la hoy plaza de Lugo y farmacia del fa­llecido don Luis Vareia). Y otra, la de la Mi­sericordia que, conocida por la del Ecce Homo, aún se levanta en la encrucijada vial que, en la desembocadura del puente, se bifurca a Viveiro y a Covas.


Pues bien, a sendas ermitas, alejadas de los ambientes poblados de la villa, les depa­raba ayuda, para su sostenimiento generaly para los gastos inherentes a las funciones religiosas, la capellanía de la Caridad y la capellanía de la Misericordia respectiva­mente, todo bajo la supervisión del cura de Santiago que, a buen seguro, sería su guar­dián nato.

Era capellán de la primera, don Gregorio Sánchez, clérigo de prima y vecino de Lan-drove, con carga anual de trece misas que se las celebraría un sacerdote (Sánchez, no tenia licencias para consagrar). Era capellán de la segunda, don Francisco Nicolás Gon­zález, con el gravamen de decir misa diaria y de dar lo necesario a los sacerdotes que concurriesen a celebrarla allí.

 

V.- El ocaso de la iglesia del Señor Santiago

 

 

La magnificencia de la concreta iglesia de Santiago de Viveiro, a la que a mediados del siglo XVII abarrotaba y colmaba de finezas la hidalguía local, decayó a ritmo de vértigo. El descenso se exhibe con más agudeza al notar que el Prelado, en 1754, ni puso un renglón subrayando la flojedad de una o de varias capellanías; por eso cabe admitir que, la apariencia de aquéllas, era la de normalidad. Sin embargo en 1783 (a los 29 años) las necesidades ahogaban y las capellanías rezumarían pobreza.

Los severos deterioros que entonces sufría la iglesia parroquial, fuerzan a consi­derar que ¡rían parejos a la disminución de los cultos; por consiguiente, los feligreses se habrán abstenido a la sazón de ir a rezar a un templo que reunía pésimas condiciones y que, en modo alguno, inspiraba recogi­miento. Y esta previsible inhibición de los devotos, acaso a su vez justifica que, el sa­cristán, deseoso de atraer a los parroquia­nos que se repartirían por templos acoge­dores, se esforzase en el toque de las cam­panas aunque, con sus excesos de celo al badal, perjudicase a los enfermos y desenca­denase una polémica de dieciocho hojas entre el Concejo y el Provisor Diocesano (legajo 1.330, A. H. N.).

Se intuye que la desilusión cundía en los estamentos popular y eclesiástico; máxime al comprobar todos la incapacidad de las que fueron florecientes capellanías (o haciendas) para afrontar ahora los arreglos perentorios. Al hilo es super elocuente el párroco que, en su angustiada petición, ni siquiera nombra a las fundaciones pías (¿o se habían difuminado?). En oposición, no oculta el remedio que le significa la limosna procedente del arcediano difunto y el balón de oxígeno que le filtran los sobrantes de las cofradías.

Teniendo en cuenta que acababa de reformarse el plano de la nueva iglesia de Ribadeo y que el Obispo reinante, Mon­señor Cuadrillero y Mota, había gastado dinero a raudales en la promoción de las mujeres tentadas por la prostitución, acertó, el párroco de la ex iglesia local, o sea don José Cao de Cordido y Maseda, que, cons­ciente de la tirantez entre la municipalidad y la Mitra por discrepancias en orden al campanero, prefirió, (tomando los viejos moldes de 1.542, de 1.615 y de 1.628) remi­tir una fundada solicitud al Deán y al Cado de Mondoñedo. No obstante, tales insti­tuciones, se fundían en una unidad de re­ducido alcance en personal y en rentas; entre canónigos, racioneros, salmista;, mú­sicos..., se constreñía a unos 106.

La misiva da tristeza. El cura esgiin e con objetividad el lastimoso estado de la parro­quial, con el techo arruinado, demolidas las columnas que lo sostienen y sin fondos para repararlo.

El Cabildo, en sesión ordinaria de 8 de octubre del indicado 1783, sensibilizado por tan penosa situación, contribuyó con cien ducados. La cooperación enviada revela que, las misas y demás actos de devoción, costeados por el dinero de las capellanías, agonizaban. La vida interior del templo se había degradado, pese a los repiques y a otros toques convocando con insistencia a losviveireses.

 

VI.- El desplome de las capellanías

Una doble coincidencia lanzó el grito funerario definitivo contra las capellanías o riquezas en examen.

A nivel de España, promovió el rápido letargo de las mismas, la normativa prohibi­cionista de 1820 y de 1841 que les inyectó la semilla del exterminio. Y en el plano local, determinó la aniquilación de tales entida­des económicas, el desacierto de nuestros antepasados que, el 19 de octubre de 1840, inflamaron de propósito la pólvora que des­truyó para siempre jamás a Ea hermosa iglesia que lucía tres ábsides cara al naciente -la del Señor Santiago-.

Así quedaron casi de modo simultáneo, sin cobertura legal y sin cobijo físico, las fundaciones piadosas (capellanías) que comportaban a diario innumerables cere­monias litúrgicas en el tan repetido templo, desde ahora convertido en un solar para compra y venta de leche, frutas, habas, aperos... o reuniones del vecindario a la sombra de la estatua de Nicomedes Pastor Díaz Corbelle.

Hay pues que estimar aceptable que, a compás con la negativa del legislador, y por otro lado, en armonía con la explanada y escombros a que quedó reducida la parro­quial, la que fue trasladada a la iglesia de los franciscanos que había exclaustrado en 1835 Álvarez de Mendizábal, no se dijera en la Visita Pastoral que giró don Ponciano de Arciniega y Alonso de Celada (1858 a 1868), ni un ápice de las capellanías. Y al revés, quizás por la irrelevancia de sus teso­rerías y por resultar desapercibidas a los políticos de turno, pasaron bastantes her­mandades de las existentes en la primitiva iglesia, a la nueva. Los fines de aquéllas co­rrían muy próximos a los de las capellanías.

Don Manuel Rouco Barro que, amén de sacerdote culto y ejemplar, lo llevaron a sus plumas laureados escritores en el adobo de nuestras estampas pueblerinas, nos propor­ciona, en 1888, renovando ei contenido del legajo 18- 1770, suscrito por nuestro corre­gidor Jacobo Troche y Silva, una exhaustiva agenda de capillas (alude por tanto a sitios de oración y no a capellanías).

Pero consecuente con su entusiasmo, se ocupa también de inventariar a las cofra­días. Y encabeza la exposición por la de Santísima Trinidad y por la del Santísimo Sacramento y Apóstol Santiago, a las que califica de claudicantes.

Pero a continuación inserta una retahila que da base para estimar que reflotó el culto -misas, novenas, sermones...- en la iglesia sucedánea a la del Señor Santiago.

Cita a la de Nuestra Señora del Carmen. A la de Ánimas. A la de San Antonio. A la del Corazón de Jesús. A la Asociación de Hijas de María. Y a la de San José.

Y no resisto copiar a pie de letra una postdata de don Manuel: "Por lo que convenir pueda se añade a lo sobredicho que inclusa en la Iglesia parroquial está establecida la V. O.T. de San Francisco"
 

 

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